25 junio 2026

Independencia, diversidad y experiencia: claves para una buena gobernanza

Por: Rosario Núñez Cornejo, directora de Personas & Legal AGROSEVILLA GRUPO. Miembro Ágora IGE | Consejos Administración.

 

 

 

En un entorno empresarial cada vez más complejo, los órganos de gobierno se enfrentan al desafío de tomar decisiones en contextos marcados por la incertidumbre, la transformación tecnológica, la sostenibilidad y la evolución de las expectativas de los distintos grupos de interés.

En este escenario, conceptos como independencia, diversidad o experiencia han dejado de ser recomendaciones para convertirse en elementos esenciales de una buena gobernanza. Sin embargo, su valor no reside únicamente en cumplir determinadas exigencias formales, sino en contribuir a que los órganos de gobierno sean capaces de analizar mejor los riesgos, enriquecer el debate y tomar decisiones más sólidas.

 

En los últimos años se habla cada vez más de independencia, diversidad y experiencia en los órganos de gobierno. ¿Por qué se han convertido en elementos tan relevantes para una buena gobernanza?

Porque el contexto ha cambiado profundamente. Las organizaciones operan hoy en entornos mucho más complejos y eso exige órganos de gobierno capaces de aportar criterio, anticipar riesgos y enriquecer el proceso de toma de decisiones.

La independencia es esencial porque permite que exista una voz capaz de cuestionar, plantear dudas o expresar desacuerdos sin condicionantes. Cuando esa libertad desaparece, el órgano corre el riesgo de convertirse en un espacio de validación, cuando en realidad debería ser un espacio de juicio y reflexión.

La diversidad aporta amplitud de mirada. Cuando todos los miembros comparten trayectorias similares o formas parecidas de entender el negocio, resulta más difícil identificar riesgos o detectar oportunidades desde perspectivas distintas. Además, la diversidad va mucho más allá de cuestiones demográficas: incluye experiencias, culturas, generaciones, perfiles profesionales y formas de pensar.

La experiencia sigue siendo igualmente importante, aunque hoy se entiende de manera más amplia. Ya no basta con contar con conocimientos financieros o sectoriales. Resultan cada vez más valiosas experiencias vinculadas a la transformación, la tecnología, la sostenibilidad o la gestión de personas. En definitiva, los órganos de gobierno más eficaces son aquellos que combinan independencia real, diversidad de perspectivas y experiencia relevante para el contexto actual.

 

¿Qué riesgos puede asumir una organización cuando los órganos de gobierno están formados por perfiles demasiado homogéneos?

El principal riesgo es que disminuya la calidad de las decisiones.

La homogeneidad suele generar una sensación de cohesión y consenso que puede resultar cómoda, pero no necesariamente efectiva. Cuando todos los miembros comparten trayectorias similares o formas parecidas de analizar la realidad, el contraste de opiniones se reduce y aparecen fenómenos como el pensamiento de grupo. Esto provoca que determinadas hipótesis no se cuestionen, que algunos riesgos pasen desapercibidos y que la opinión dominante se refuerce sin el suficiente contraste crítico.

Además, existe un riesgo de desconexión respecto al entorno. Las organizaciones interactúan con clientes, empleados, inversores y grupos de interés cada vez más diversos. Si los órganos de gobierno no incorporan esa pluralidad de perspectivas, su capacidad para interpretar la realidad y responder a ella se debilita.

La diversidad puede generar más debate y exigir más esfuerzo en la toma de decisiones, pero precisamente ahí reside gran parte de su valor.

 

La diversidad suele asociarse a cuestiones de género o edad. Sin embargo, ¿qué otras dimensiones resultan especialmente valiosas en la toma de decisiones?

La diversidad que realmente transforma un órgano de gobierno es aquella que mejora la calidad del pensamiento.

La diversidad de experiencia profesional es especialmente enriquecedora. Incorporar perfiles procedentes de áreas como estrategia, operaciones, tecnología, personas o mercado permite abordar los asuntos desde múltiples perspectivas.

También resulta muy valiosa la diversidad sectorial. Las personas que han desarrollado su trayectoria en sectores diferentes suelen identificar riesgos o tendencias que pueden pasar desapercibidos para quienes han permanecido siempre dentro del mismo entorno.

Sin embargo, si tuviera que destacar una dimensión por encima de todas, sería la diversidad cognitiva. Es decir, la diversidad en la forma de analizar, interpretar y cuestionar la realidad. Los mejores órganos de gobierno no son aquellos donde todos piensan igual, sino aquellos donde diferentes formas de pensar contribuyen a construir mejores decisiones.

 

En un entorno marcado por la transformación tecnológica, la sostenibilidad y la incertidumbre, ¿qué nuevas competencias deberían incorporarse a los órganos de gobierno?

Más que convertirse en expertos técnicos en cada materia, los órganos de gobierno necesitan comprender los grandes cambios que están transformando las organizaciones.

La tecnología es uno de ellos. No se trata de que todos los miembros sean especialistas, sino de que el órgano sea capaz de entender sus implicaciones estratégicas, operativas y de riesgo.

La sostenibilidad es otro elemento fundamental. Hoy impacta directamente en aspectos como la regulación, la financiación, la reputación o las expectativas de clientes e inversores. Ha dejado de ser un tema complementario para situarse en el centro de muchas decisiones empresariales.

También resulta imprescindible desarrollar capacidades relacionadas con la gestión de la incertidumbre, la anticipación de escenarios y el pensamiento estratégico a largo plazo. Y, especialmente, comprender la dimensión humana de las organizaciones.

Muchas estrategias fracasan no por problemas de diseño, sino por dificultades en su ejecución. La cultura, el liderazgo, el talento y el compromiso son factores determinantes para convertir una estrategia en resultados.

 

¿Cómo pueden los órganos de gobierno evitar el llamado “pensamiento de grupo” y fomentar un debate realmente enriquecedor?

Evitar el pensamiento de grupo requiere intención, método y liderazgo. La composición del órgano es importante, pero no suficiente. La diversidad solo genera valor cuando existe una cultura que favorece el debate y la discrepancia constructiva.

Los mejores órganos crean espacios donde cuestionar una propuesta o expresar una opinión diferente no genera incomodidad. Al contrario, se entiende como una contribución al proceso de decisión.

En este sentido, el papel de la presidencia es determinante. Un buen presidente no busca acelerar acuerdos, sino elevar la calidad del debate, fomentar preguntas difíciles y asegurar que todas las voces sean escuchadas.

También ayudan prácticas concretas como preparar adecuadamente las reuniones, dedicar tiempo real a la discusión estratégica, analizar escenarios alternativos o revisar explícitamente los riesgos asociados a cada decisión. La calidad de un órgano no se mide por la rapidez con la que alcanza consensos, sino por la profundidad con la que analiza las decisiones antes de adoptarlas.

 

¿Es posible medir la efectividad de un órgano de gobierno más allá de los resultados económicos de la organización?

Sin duda. De hecho, limitar la evaluación de un órgano de gobierno a los resultados económicos ofrece una visión incompleta de su contribución. La efectividad también se refleja en la calidad de la supervisión, la capacidad para identificar riesgos, la solidez de la estrategia o la forma en que se acompaña a la dirección.

Asimismo, existen aspectos internos que permiten evaluar el funcionamiento del órgano: la calidad de la información que recibe, la profundidad de los debates, la participación de sus miembros o el seguimiento de las decisiones adoptadas.

Además, muchos de los elementos que definen una buena gobernanza generan impacto a largo plazo y no siempre se reflejan de forma inmediata en los resultados financieros. La cultura organizativa, la sucesión, la ética o la resiliencia son algunos ejemplos.

Una señal especialmente relevante de madurez es la capacidad del propio órgano para evaluarse y cuestionarse periódicamente con el objetivo de mejorar.

 

Si tuviera que dar una recomendación a quienes forman parte de órganos de gobierno y quieren fortalecer su contribución a la organización, ¿cuál sería?

Les recordaría que formar parte de un órgano de gobierno implica mucho más que ocupar una posición. Requiere preparación, para comprender el negocio y sus riesgos; valentía, para plantear preguntas difíciles y expresar opiniones independientes; e integridad, para actuar siempre en beneficio de la organización y no desde intereses particulares.

Pero, sobre todo, les diría que un buen consejero no es quien tiene todas las respuestas. Es quien ayuda a que la organización se haga las preguntas correctas antes de tomar una decisión.

Porque, en última instancia, la verdadera aportación de un órgano de gobierno no consiste únicamente en supervisar, sino en ayudar.